13.- ¿ ES IMPORTANTE EL AGUA SUBTERRÁNEA? ¿Y EL AGUA SUPERFICIAL?

100 Preguntas Esenciales en Geotecnia

El agua forma parte del propio terreno y, en muchos casos, es el factor que controla su comportamiento. Bajo la superficie, el agua ocupa los huecos del suelo y circula por las discontinuidades de la roca, influyendo en la resistencia, la deformabilidad y la estabilidad de taludes, excavaciones y cimentaciones. Por eso, entender qué es el agua subterránea y cómo se mueve en el terreno es una cuestión fundamental.

El agua se encuentra almacenada y circula bajo la superficie terrestre, ocupando los poros del suelo y las fisuras, diaclasas y fracturas de las rocas. A diferencia del agua superficial, su movimiento es lento y está condicionado por la estructura del medio geológico. En los suelos, el agua se aloja en los huecos entre partículas; y en las rocas, lo hace principalmente en las discontinuidades, ya que la matriz rocosa suele tener una permeabilidad muy baja. Esta diferencia explica por qué, desde el punto de vista hidrogeológico y geotécnico, suelo y roca responden de forma distinta frente al flujo de agua.

Todos los suelos son porosos, incluidos los suelos arcillosos, aunque sus poros sean extremadamente pequeños. Esta idea es importante: que un suelo sea “fino” no significa que no tenga poros, sino que sus poros son microscópicos y están muy poco conectados. Por eso las arcillas pueden almacenar grandes cantidades de agua, pero permiten que esta se mueva muy lentamente.

Otro aspecto muy importante es que el agua contenida en los poros ejerce una presión sobre el esqueleto sólido del suelo. Esa presión se denomina presión intersticial. Desde el punto de vista geotécnico, esta presión es clave porque reduce la parte de las tensiones que realmente soportan las partículas sólidas. Lo veremos más adelante en otras cuestiones. Es uno de los principios fundamentales en geotecnia.

La capacidad de un suelo o una roca para permitir el paso del agua se denomina permeabilidad. Depende del tamaño y la forma de los huecos y de su grado de interconexión. Por ejemplo, las gravas y arenas gruesas presentan permeabilidades altas, porque sus poros son grandes y bien conectados; las arcillas, en cambio, tienen permeabilidades muy bajas, debido a su tamaño de partícula extremadamente fino. En las rocas, la matriz suele ser poco permeable, pero el macizo puede comportarse como un medio muy permeable si existe una red de fracturas abierta y conectada.

El movimiento del agua subterránea en medios porosos se describe, en la mayoría de los casos, mediante la ley de Darcy, que establece que el caudal es proporcional al gradiente hidráulico y a la permeabilidad del terreno. Aunque esta ley es sencilla en su formulación, sus implicaciones son complejas. El agua no fluye porque “haya huecos”, sino porque existe una diferencia de energía hidráulica entre dos puntos: gradiente hidráulico. En suelos y rocas, ese flujo suele ser lento y laminar, pero suficiente para modificar de forma significativa el comportamiento del terreno.

Cuando el gradiente hidráulico es elevado, el agua transmite al suelo fuerzas de filtración. Estas fuerzas actúan en el sentido del flujo y pueden reducir el peso efectivo del suelo. En situaciones extremas, el suelo puede perder estabilidad y comportarse como un material fluido, dando lugar a fenómenos como el sifonamiento, la erosión interna o el levantamiento hidráulico del fondo de una excavación. Estos problemas no dependen solo del tipo de suelo, sino de la combinación entre permeabilidad, gradiente y condiciones de drenaje.

Filtraciones en el interior de una obra subterránea. Fuente: https://mmmhydropower.blogspot.com/2011/02/excavation-of-tunnels-in-extremely-weak.html

El binomio arcillas y agua es muy importante en geotecnia. En las arcillas, esta interacción agua-suelo introduce además un fuerte comportamiento dependiente del tiempo. Al aplicar una carga, el agua atrapada en los poros no puede salir de forma inmediata, por lo que inicialmente soporta parte de la carga. Con el tiempo, el agua se va expulsando lentamente y las partículas se reorganizan, produciéndose deformaciones progresivas. Este proceso nos introduce otro concepto muy importante en geotecnia: la consolidación, que explica por qué muchos asientos no son instantáneos, sino que se desarrollan durante meses o años. De nuevo, el agua es el elemento que controla el ritmo de la respuesta del terreno.

En las rocas, la influencia del agua es diferente, pero igualmente decisiva. La matriz rocosa suele ser poco porosa y permeable, de modo que el agua circula principalmente a través de discontinuidades. Por ello, el comportamiento hidráulico de un macizo rocoso no depende tanto del tipo de roca como de su fracturación. El agua presente en las discontinuidades genera presiones que reducen la resistencia al corte de los planos de debilidad y favorecen mecanismos de deslizamiento y apertura de bloques.

Además, tanto en suelos como en rocas, el flujo de agua rara vez es igual en todas las direcciones. Aparece así el concepto de anisotropía hidráulica. En muchos suelos estratificados, la permeabilidad horizontal es muy superior a la vertical; en macizos rocosos, el flujo se concentra en determinadas familias de fracturas. Esta anisotropía explica por qué el agua puede recorrer grandes distancias lateralmente y, sin embargo, tardar mucho en drenar verticalmente.

En definitiva, el agua influye en el comportamiento del terreno porque ocupa los poros, ejerce presión, se mueve y transmite fuerzas. Modifica las tensiones efectivas, controla la deformabilidad, introduce dependencia temporal y condiciona la estabilidad. Forma parte de un sistema “suelo/roca–agua” y debe considerarse desde las fases iniciales de cualquier proyecto. Su presencia afecta a las excavaciones, a la estabilidad de taludes, a los asientos de cimentaciones y a la durabilidad de las obras. Comprender cómo se almacena y cómo fluye es, por tanto, imprescindible para anticipar problemas y diseñar soluciones eficaces.

Aunque en geotecnia se hable con frecuencia de agua subterránea, el agua superficial es muchas veces el detonante de los procesos que acaban manifestándose en profundidad. La lluvia, la escorrentía y las acumulaciones temporales en superficie forman parte del ciclo hidrológico que alimenta el terreno. Una precipitación intensa no solo moja el suelo en superficie: parte del agua infiltra, incrementa el contenido de humedad, eleva el nivel freático y modifica las presiones intersticiales, a veces con un desfase temporal que dificulta relacionar causa y efecto. Es habitual que una ladera falle días después de un episodio de lluvias intensas, cuando la infiltración ha alcanzado planos más profundos y ha reducido la resistencia efectiva del suelo o de las discontinuidades en la roca.

La escorrentía superficial también tiene efectos directos. Cuando el agua circula sin control sobre un talud, puede erosionar finos, generar surcos, concentrar flujos y descalzar zonas inferiores, alterando la geometría y el equilibrio del terreno. En terraplenes y desmontes, la falta de un drenaje superficial adecuado suele ser el origen de problemas que después se interpretan como fallos estructurales. Incluso en cimentaciones superficiales, una mala gestión del agua de lluvia puede provocar cambios locales en la humedad del suelo, con expansiones, colapsos o pérdidas de capacidad portante.

En obras lineales, carreteras, ferrocarriles, canales…, el control del agua superficial es una de las medidas más eficaces para garantizar la estabilidad a largo plazo. Cunetas, drenes, bermas y sistemas de evacuación no son elementos accesorios, sino parte esencial del diseño geotécnico.

Desde esta perspectiva, el agua superficial y la subterránea no deben analizarse por separado: la primera es la entrada visible del sistema, la segunda es su manifestación interna. El terreno integra ambas, y su comportamiento responde al conjunto del régimen hidráulico, no solo al nivel freático medido en un sondeo.

«Si el agua estropea los caminos, ¡qué no hará con los intestinos!» (Refranero popular español)

Bibliografía utilizada

  • Vallejo, M. (2002). Ingeniería Geológica. Prentice Hall.
  • Das, B.M. (2014). Principles of Geotechnical Engineering, 8ª ed. Cengage Learning.
  • Hunt, R.E. (2007). Geotechnical Investigation Methods: A Field Guide. CRC Press.
  • Price, D. (2009). Engineering Geology: Principles and Practice. Springer.

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