Título: Como anillo al dedo

Autor: José Miguel García Torres “Brunton da Silva Freiberger”

 

Hay pocas cosas peores para un sondista que una mujer celosa.
Viajes constantes y semanas enteras fuera de casa hacen volar la
imaginación y multiplican los miedos de quien vive bajo la zozobra
constante del engaño. Al regresar uno siempre encuentra la mirada
inquisitiva y penetrante que te desnuda por dentro, la astuta trampa
disfrazada de pregunta inocente, el beso en el cuello tratando de
descubrir el rastro de un perfume extraño, la disimulada caricia en las
manos para cerciorarse de la presencia de la alianza… Y así, semana
tras semana, pasando revista sin sobresaltos hasta que un viernes, al
quitarme los guantes para anotar los datos en el parte de
perforación, se engancha el anillo, no sé cómo, y sale limpiamente
del dedo emprendiendo un vuelo improbable hacia la embocadura del
sondeo, perdiéndose en las entrañas de la tierra justo después de
haber retirado la batería para recuperar la muestra.

Corro al agujero con una linterna y escudriño el fondo, pero no veo
nada. No es fácil cuando has perforado ya algo más de diez metros,
pues a esa distancia el anillo no es mucho más grande que la cabeza
de una chincheta. Tampoco ayuda la oscuridad de la omnipresente
arcilla que, ávida de luz, absorbe por completo el haz de la linterna
sin apenas reflejarlo. Tal vez, si perforo un poco más, consiga extraer
el anillo junto con el testigo. Miro a Carlos, mi ayudante, y nos
entendemos con la mirada. Sacamos la muestra de la batería y
encuentro que hacia el fondo del sondeo la arcilla da paso a un nivel
más arenoso, húmedo y con cantos de cuarcita. Temo lo peor, pero
debo intentarlo. Vuelvo a introducir la batería en el sondeo y
comienzo a perforar, pero no tardo en percibir el sonido inconfundible
de las gravas. Decido subir la batería y extraer la muestra por si
hubiera habido suerte. Apenas quince centímetros de arena arcillosa
que desmenuzo cuidadosamente en busca del anillo, pero no lo
encuentro. Miro dentro de la batería y recorro la pared interior con un
palo, pero no hay nada dentro. Entonces me doy cuenta de la
inconfundible raya dorada que recorre el borde inferior de la corona y
comprendo que la búsqueda ha terminado.

Sé que, aunque se lo explique, su imaginación hará el resto. Puedo
visualizar perfectamente la escena. Ensayo mentalmente mi discurso,
invento un par de explicaciones verosímiles, barajo la posibilidad de
comprar otra alianza, pero sé que se dará cuenta. Solo se me ocurre
una posible salida que incluso ella tendrá que dar por buena.

Con malos modos envío a Carlos a recargar el depósito de agua, pero
es la excusa para quedarme solo. Cojo la grifa y la coloco cruzada y
centrada sobre la mordaza, monto el tomamuestras del esepeté,
ajusto la longitud del varillaje y coloco la maza y el cabezal de golpeo
en su sitio. Pongo el dedo anular entre la grifa y el tomamuestras,
cierro los ojos y, con una cuerda, tiro de la palanca que libera la
maza. Con un golpe es suficiente. El dolor lo inunda todo. Grito.
Aparto la mano y cubro la herida con un trapo. No hay testigos.
Acabo de perder el dedo en un accidente laboral.

Paso horas en el hospital antes de volver a casa. Carlos conduce en
silencio y de vez en cuando me mira de reojo la mano. Pide disculpas
por dejarme solo tanto tiempo. Le consuelo. Le digo que son cosas
que pasan, que no soy el único sondista al que le falta un dedo. Me
disculpo por mis malas maneras.

Ya es de noche y se ofrece a llevarme a casa, pero prefiero dar un
paseo para hacer tiempo y relajarme antes del tercer grado. Trataron
de localizarla desde la empresa para comunicarle el accidente, pero
tenía el móvil apagado. Los viernes va a clases de yoga, apaga el
teléfono y a veces se olvida de encenderlo hasta el día siguiente. Al
llegar al portal me tomo un tiempo antes de subir para repasar la
coartada. Cuando tengo todas las piezas del puzzle en su sitio subo a
casa.

Al abrir la puerta me reciben el silencio y la oscuridad. La llamo, pero
no contesta. Enciendo la luz y recorro la casa buscándola. Al llegar al
comedor veo el anillo encima de la mesa junto a un sobre. Es el
mismo anillo, pero más pequeño y con mi nombre grabado en su
interior. En el sobre los papeles del divorcio y una tarjeta de un
despacho de abogados.

 

Si te gusta compare, gracias.